In memoriam
Augusto Monterroso (1921-2003)
El año 19 a.d.C
Horacio escribió su Epistola ad Pisones y consagró la contención
como una de las más apreciadas aspiraciones poéticas. Monterroso
leyó al romano en su adolescencia, en la biblioteca de su ciudad, una
biblioteca “tan mala que sólo contenía libros buenos”, y desde entonces adoptó
esa divisa y se lanzó a perseguir la perfección.
Luego leyó a Cervantes, y aprendió
la manera de contar historias, y a Montaigne, y se
contagió de su sabiduría e intuición, y a Swift, y
heredó su humor inteligente, y a Esopo y a La Fontaine y a Iriarte, y se propuso rescatar la fábula como
género de expresión.
Monterroso era pequeño y tímido, afable y
generoso, parco y certero en el hablar, modesto y falto de vanidad como pocas
veces se ha visto en un escritor, de un humor tan inteligente y contagioso y de
una lucidez tan intuitiva que muchos escritores buscaban su trato y le tenían
por maestro.
Cierto desarraigo familiar, el
desgarro del exilio y otros personales dolores, la experiencia de la debilidad
humana, y quizás la ausencia de respuestas y esperanzas (no consta que fuera un
hombre con fe), le habían hecho concluir que la vida es triste, dificultosa,
pero lograba oponer a esta visión una paciente indulgencia hacia sí mismo y
hacia los demás que impregnaba sus escritos de un vago optimismo.
Horacio también recomendaba dejar reposar los textos y así lo hacía su
discípulo Monterroso. Garantizaba la necesaria
sintonía entre la realidad, lo que se dijo y lo que se quería decir, y
demostraba de paso una admirable capacidad de síntesis que no sólo se logra en
poesía. Escribió en Fecundidad: “Hoy me siento bien, un Balzac; estoy
terminando una línea”. Minimalismo y perfección,
pulir y limar, sin prisas, escribir sólo cuando se juzga inevitable.
Y menos prisa aún para publicar. Tardó cuarenta años en publicar su primer
texto, “Obras completas (y otros cuentos)” y luego otros diez, 1969, hasta el
segundo “La oveja negra y otras fábulas”. En 1972 publica “Movimiento perpetuo”
y con esta trilogía cierra su producción de narrativa breve. Son tres libros
excelentes, rebosantes de cultura clásica y de relecturas audaces. Sátiras
sobre la moral burguesa, moderadas y brillantes audacias formales, sentido
lúdico, modernidad y paradoja. Se muestra generoso y solidario con los débiles
y humildes, crítico con pompas y vanidades, con las paradojas de la vida
cotidiana, la vanidad, lo absurdo de muchas poses solemnes, la estupidez de las
frases hechas, la pobreza de los lugares comunes. Y un estilo inconfundible,
una prosa que no se ve, precisa y exacta, sin artificio, expresando exactamente
lo que quiere decir, directa y sin desperdicio, lejos del barroquismo y
exuberancia formal del gusto de otros grandes escritores hispanoamericanos. Monterroso domina la elipsis, es un maestro en el arte de
apuntar, de sugerir, y reclama un lector activo y, a ser posible, con un mínimo
bagaje cultural para sobreentenderle.
A partir de esos tres primeros
libros, los únicos propiamente de ficción, se abandona a algo tan europeo como
la mezcolanza de géneros. Como ha explicado, no escribe libros sino textos y
los publica cuando considera que un ramillete de ellos ya está maduro, nunca
antes de mucho años de barbecho. Muestra de ellos es su novela, por llamarla de
algún modo, “Lo demás es silencio” (1978): narraciones, microensayos,
sentencias, dibujos, cartas, periodismo, epitafios, testimonios… todo, para
trazar la semblanza de Eduardo Torres, un supuesto escritor. Este libro
contiene lo mejor de su pensamiento sobre el hecho de escribir, incluído su célebre “decálogo para un escritor”. Unos años
más tarde publica “La palabra mágica”, otro inclasificable libro misceláneo de
idéntica calidad que los precedentes. Monterroso
tiene 62 años, ha publicado hasta ahora unas 300 páginas y ya muchos le
consideran un genio.
Estos cinco primeros libros se
publican en España en los años 90 por la editorial Anagrama y en 1996 son
editados juntos en un solo volumen por Alfaguara (ref. Aceprensa
131/96).
El resto de su producción lo
componen cinco libros de pensamiento. Un libro de entrevistas “Viaje al centro
de la fábula” (1981), que reúne lo esencial de su opinión sobre el arte y la
vida; un dietario, “La letra e” (1987), donde refleja lo más sustantivo de sus
experiencias, básicamente literarias, de los años 1981 a 1984; unas memorias,
“Los buscadores de oro” (1993) (ref. Aceprensa
128/93), que alcanzan hasta sus quince años; un pequeño libro de ensayos sobre
asuntos literarios “La vaca” (1998); y unos recuerdos e impresiones sobre
escritores “Pájaros de hispanoamérica” (2002).
Su modestia le llevó a decir, cuando
recogía el Premio Juan Rulfo, que su gran aspiración
como escritor era ocupar algún día media página de un libro de escuela primaria
en su país. Nos ha dejado con un aura de prestigio que difícilmente sufrirá el
desgaste del tiempo. Monterroso vivió de manera
sencilla, alejado de lo comercial y del mundillo literario en su vertiente de
homenajes y artificios literarios. Nos ha legado apenas mil páginas en las que ha
podido decir mucho. Una persona entrañable y un escritor regocijante y
sorprendente de quien García Márquez decía que había que leer "manos
arriba". Querido y admirado además por otros escritores de la talla de Calvino, Borges, Cortázar o Vargas Llosa, ha sido
distinguido con importantes premios literarios en hispanoamérica
y en España (entre ellos, el Príncipe de Asturias en el 2000). Nadie se explica
que no haya obtenido el Cervantes y a muy pocos hubiera extrañado que
conquistara el Nóbel.
Javier Cercas
febrero, 2003