Una
confluencia inusual de éxito, talento, capacidad de trabajo y posición social,
convirtieron a este escritor ya en vida en todo un clásico de las letras
europeas. Frío, intelectual, y poseedor de un estilo perfecto, fue centro
indiscutido de una saga familiar que ha dado mucho que hablar, y no sólo por
cuestiones literarias. Acumula un Premio Nobel, 17
doctorados honoris causa y, sobre todo,
innumerables ediciones y reediciones de sus obras en todas las lenguas que
acreditan una presencia cultural que no ha disminuido cuando se cumplen, ahora,
cincuenta años de su muerte. Es autor de novelas tan conocidas como Los Buddenbrook, La Muerte en Venecia o La
montaña mágica, que hoy pasa por ser una de las piezas clave de la
literatura europea.
Su vida y obra ofrecen tres claros periodos de unos
veinticinco años cada uno, que corresponden al último cuarto del S. XIX y a los
dos primeros del XX. Los dos ejes son la publicación de Los Buddenbrook (1901) y la concesión del premio Nóbel
(1929).
Mann nace en Lübeck en 1875,
miembro de una familia de la alta burguesía comercial. Antes de él vino Heinrich, también escritor, y le seguirán Lula, Carla y
Víctor. Tras una infancia mimada y feliz, emprende tímidamente algunos estudios
universitarios pero dedica sus mejores esfuerzos a su formación intelectual y
literaria; lee y atesora experiencias: Shopenhauer, Nietzsche, Schiller, estancias en
Italia, presencia en cenáculos literarios y culturales, vela de armas en el
periodismo. Con diecinueve años se traslada a Munich –donde vivirá casi
cuarenta- y escribe su primer relato
En 1897, durante su estancia en Roma, comienza a escribir
la que será su primera gran novela, la saga de tres generaciones de una familia
de comerciantes de su ciudad natal. A pesar de engrosar dos volúmenes y de su
alto precio se vende muy bien y se ve convertido procazmente
a los veintiséis años en un escritor de éxito.
Todavía en 1929 el Nóbel de literatura distinguía a una
obra en especial dentro de la trayectoria de un autor. En el caso de Mann no fue
Su vida personal en este periodo viene determinada por su
matrimonio con Katia, nacida Pringsheim. De padres
judíos convertidos al protestantismo, experta wagneriana, con tanto o más
dinero que los Mann y de similares inquietudes
intelectuales, aporta al escritor estabilidad emocional, una aún mayor
seguridad económica y todas las facilidades para que se consagre sin
distracción a su obra. Se casan en 1905 y en 14 años vienen los seis hijos: Erika, Klaus, Golo,
Monika, Lisa y Michael.
El
último tercio de su vida lo pasa casi por completo fuera de su país. En 1933 Hitler ganas las elecciones y Mann
se traslada a Suiza. Tres años más tarde rompe pública y definitivamente con el
III Reich y obtiene la nacionalidad checa. En 1938 se
traslada a Princeton y en
Hemos destacado dos títulos narrativos en cada etapa
establecida y ahora podemos hacer lo mismo:
Sobre todo a raíz de la esperada publicación de sus Diarios
el interés –sobre todo periodístico- sobre su figura se ha focalizado en una
campaña de desmonumentalización: bajarlo de un Olimpo
que ya no merece por su megalomanía, su desvíada
sexualidad y su tibieza política.
¿Vanidad
patológica?
Del escritor Von Aschenbach de La muerte en Venecia escribió Mann que “había aprendido a representar desde su escritorio
el papel de hombre importante, a administrar su fama”. Podría haberlo dicho de
sí mismo, maestro en el arte de
Thomas Mann se tenía sin duda
en gran consideración. Nunca lo negó. Se sabía escogido, continuador de una
línea de las letras alemanas exclusiva y olímpica: Goethe,
Schiller...y él. Cuidó permanentemente de su imagen y
le irritaba hasta la enfermedad cualquier crítica, cualquier desviación de la
lectura de su vida y de su obra que él había establecido. Determinó que sus
diarios pudieran ser publicados veinte años después de su muerte. En esos textos,
en algunos ensayos autobiográficos (El más importante, el citado Relato de
mi vida, 1930) y en cientos de artículos y cartas, da a conocer un material
sobre sí mismo y sobre sus libros del que se dispone en el caso de muy pocos
autores. Era indudablemente muy bueno en lo suyo, él lo sabía, y a esto no hay
nada que objetar. Se ha querido desmitificar al personaje ridiculizando su
vanidad y resaltando los pasajes de las memorias de sus familiares donde se le
acusa de desatención y falta de cariño por los suyos. Se pueden argumentar en
contrario otros textos (como El último año de la vida de mi padre, de su
hija Erika) donde se manifiesta justo lo contrario.
Sus Diarios son textos donde el personaje público
se muestra en bata, al menos todo lo que es posible para él, donde la
sinceridad sustituye a
Si Mann era una voz
protagonista en la vida política, intelectual y literaria de su país, su
familia, aunque en un grado menos, no le iba a
Erika era todo un carácter, destacó en el teatro y en el
periodismo y siguió muy de cerca toda su vida la obra de su padre, hasta
convertirse en su directísima colaboradora en los años finales del escritor. Se
ocupará tras su muerte de las ediciones de su Correspondencia y de sus Diarios.
Klaus, muy unido a su hermana mayor, fue escritor. En
su corta vida de morfinómano publicó varias novelas (las más conocidas Mefisto y Alejandro). Golo se convirtió en un importante historiador y comenzó a
publicar después de la muerte de su padre (lo más importante, su trabajo sobre Wallenstein).
Los tres hijos menores también siguieron una inclinación artística: Monika y Michel como violinistas
y Lisa como escritora de algunas novelas.
Todos dejaron escritos relatos autobiográficos, ya hemos
hablado de los del propio Thomas. A los de Heinrich,
hay que sumar Precisamente yo (Erika), Una
juventud alemana (Golo), Pasado y presente
(Monika), Hijo de este tiempo (Klaus), Eramos cinco
(de su hermano Víctor) y Memorias no escritas (de su esposa Katia).
Difícil encontrar un caso igual.
En los Mann no todo es ambiente
patricio de conciertos, libros, criados, revistas literarias, vida social y
éxito público, junto a esto hay graves sombras: la desviación sexual (Thomas, Erika y Klaus) y la tendencia
suicida (¿el propio padre de Thomas?, Lula, Carla, Klaus,
Michael, la primera esposa de Heinrich y el coqueteo
con la idea del mismo Thomas en su juventud). Thomas relata en sus Diarios
cómo sufrió toda su vida por las pasiones homoeróticas
que provocaban en él los jóvenes, impulsos que mantuvo siempre en una plano platónico.
Vivió dos guerras mundiales que tuvieron como centro a su
país y evolucionó en sus posturas desde conservador nacionalista (con tintes
hoy escandalosos de militarismo y antisemitismo) hasta defensor de la
democracia, primero con tibieza y más tarde con una beligerancia que casi
termina en socialismo. Grandes conocedores de su obra piensan que en realidad
la política no le interesó realmente nunca, en cambio sí, y mucho, la realidad
social de su país y, siempre y sobre todo lo demás, el arte. Aún así asumió su
responsabilidad de intelectual y prestó su voz de mil maneras a la causa de
Mann fue un
trabajador incansable desde su juventud y vivió ochenta años. En su familia era
conocido como El mago por su energía indomable. En sus Diarios
aparecen un número tal de actividades (viajes, conferencias, tés y cenas con invitados, conciertos, paseos, visitas, la
atención de seis hijos, abundantísima correspondencia,
etc) que dejan pocas horas para la escritura de creación. El insistía, además,
en que debía sudar cada párrafo. Pues bien, a pesar de todo, nos dejó 4
novelas-río que rondan las mil páginas cada una (Los Buddenbrooks,
La montaña mágica, José y sus hermanos y Dr. Faustus), 4 novelas de tamaño normal (Alteza real,
Carlota en Weimar, El elegido y Confesiones
del estafador Félix Krull), 5 novelas cortas (La
Muerte en Venecia, Señor y perro, Mario y el mago, Las
cabezas trocadas y La engañada), unos 30 relatos (entre los que
destacan los títulos de Tonio Kröger y Tristan) y
una obra de teatro (Fiorenza). A esto hay que
añadir su producción en materias de pensamiento: incontables artículos,
conferencias, ensayos, discursos, alocuciones radiofónicas, y mensajes; todo
sobre asunto biográfico, literario o político-social. De sus Diarios
sólo se han publicado en España dos volúmenes (1918-1921, 1933-36 y, el
segundo, 1933-1939). De su Correspondencia sólo se han traducido al
español las cartas que intercambió con su gran amigo Herman Hesse.
Casi
toda su obra narrativa larga está publicada en España por Edhasa,
con reediciones recientes, también en bolsillo, de las novelas más importantes;
los relatos se pueden encontrar completos en Caralt
(en bibliotecas) y un selección reciente en Alba. Sus
ensayos, también en antología, en Alba. La Correspondencia citada
Tonio Kröger es la imagen del
artista sufriente a quien pesan por igual su propia existencia y el mundo
exterior. Siente todo más profunda e intensamente que los demás, dispone del
poder más sublime de la tierra, el de la palabra y el espíritu, que le hace
refinado, selecto, exquisito, fino, irritable contra todo lo banal, sumamente
sensible en cuestiones de delicadeza y gusto. A cambio de representar lo humano
debe renunciar a tener parte en ello y se pregunta: “¿puede
afirmarse sin restricciones que el artista es un hombre”. Más adelante: “ojalá
pudiera vivir y amar las cosas en su dichosa vulgaridad sin la maldición del
entendimiento y el tormento de la creación artística”. Es el drama de la
soledad y
La decadencia de una familia y la de su empresa a lo
largo de varias generaciones. El talento artístico de los últimos vástagos va
sustituyendo la energía de los fundadores de
La Muerte en Venecia
narra el sombrío final de un escritor maduro, austero, y admirado, pendiente
sólo de su trabajo intelectual. En medio de un viaje, la visión del niño polaco
Tadzio rompe en pocos días el orden racional y ético
que le sustentaba. Nunca llega a rozarse con él ni intercambian palabra, pero
descubre que en su vida hay más cosas que aquellas que admiran los demás.
Razón, orden y virtud contra instintos. Tras la publicación de los Diarios
de Mann no quedaron dudas sobre el origen de la
inspiración para escribir este relato. Fue la primera obra del autor que se
vertió al español: apareció en nuestro país en 1920 en un volumen que incluía
el Tristan.
Hans Castorp es un joven que acude
a visitar a su primo en un sanatorio suizo, en Davos.
La proyectada estancia de tres semanas se va ampliando hasta prolongarse a
siete años. Algunos de los personajes que conoce van ampliando sus inquietudes
intelectuales y formando su personalidad. El propio doctor al frente de la institución,
el italiano Settembrini, directo y provocador, el
jesuita Naptha, madame Chauchat,
de la que se enamora. El tiempo tiene otra dimensión allá arriba y la
sucesión de comidas, paseos, curas, conversaciones y reflexiones van otorgando
un valor desconocido a todas las cosas de abajo a ojos del moldeable Castorp, pletórico por primera vez en su vida de impulso
moral. El estilo es copioso y detallista hasta la minucia, extensas las
descripciones y llenas de profundidad y contenido las larguísimas conversaciones
Castorp-Settembrini-Naptha. Humanismo, civilización y democracia frente a
religión, totalitarismo y comunismo.
Sería interminable enumerar la cantidad de asuntos que
son tratados en esta novela, cuya propia
narratividad no tiene que ver directamente más que con un alguno de
ellos, como el tiempo, la muerte o las relaciones interpersonales. Enfermedad,
dolor, botánica, honor; Naphta, un oponente a la
altura del republicanismo ateo y masón del hábil Settembrini,
introduce la metafísica, la historia, la economía, la teoría del conocimiento;
más: espiritismo, antisemitismo, guerra. Dos fuerzas se disputan el mundo,
razón, ciencia y derecho contra fuerza, y
superstición; libertad contra tiranía, movimiento y progreso contra
conservación. Es lo que se debate a lo largo de todas las conversaciones, en
las que se analizan las consecuencias de esta lucha en los campos del amor, de
la política o del arte; todo con la brillantez que se espera de personajes tan
preparados como su propio creador y que ya están libres de las preocupaciones
de los de abajo, distancia que afina su lucidez sin mermar su entusiasmo
(teórico) por cada cuestión.
Es una novela de dimensiones que pueden espantar a
cualquiera, sobre todo cuando el rigor y la altura intelectual de su denso
contenido no ofrece prácticamente respiro. Apenas una
declaración de amor, un suicidio y un duelo es poca novela para mil páginas.
Encontramos a un Thomas Mann exuberante, sobrado de
personajes y de temas, gigantesco como la montaña donde los sitúa, que nos dice
que estamos ante una “novela educativa”, que nada tiene que ver –y así es- con
una novela en el sentido habitual de la palabra.
Edhasa va a celebrar en España el aniversario del autor con una
nueva versión: nueva traducción que aporta modernidad al lenguaje y que
recupera fragmentos y páginas eliminadas en la de 1934.
Leverkhün
(1885-1941) es el producto de su fantasía más amado por Mann.
Serenus Zeitblom cuenta la
vida del compositor, por quien siente una devoción exaltada e inquebrantable. Adrian se revela desde joven como una persona de gran
talento musical, muy inclinado al orden y la matemática, a la vez que altivo
con los demás e indiferente casi por
todo.
Los méritos naturales no son propios, son dones de Dios y
el diablo trata de hacernos olvidar esto; si no somos humildes, la complacencia
con uno mismo se convierte en ingratitud hacia el dispensador de los bienes. Adrian es advertido pero no hace caso y entabla negocios
con Satanás quien agudiza su talento pero a un alto precio.
El demonio y su relación con el genio (con el loco, con
el artista, con el criminal), la lucha bien-mal, la tentación, el talento, la
libertad; lo alemán, la afirmación del carácter nacional, los judíos, la
religión, la moral (en sentido de espíritu más que de ética): son los
ingredientes de la novela más intelectual de un escritor de novelas de ideas,
aunque consigue captar más en el plano novelesco que La Montaña mágica. La
Montaña mágica es una novela sumamente interesante y digna de estudio, pero
dudo que deba juzgársela en términos de gustar. Dr. Faustus tiene en ese sentido más fuerza. El misterio de
la vida de Leverkhün es conocido desde la mitad del
texto, pero el personaje consigue cautivar, interesa averiguar en qué desemboca
su naturaleza enigmática, la atmósfera de extrañeza y soledad que le hace tan
atractivo como inaccesible para los demás.
Mann era un melómano entendido y la obra rebosa infinitos
detalles técnicos musicales.
La escritura de Mann roza la
perfección e incluso vertida al castellano conserva una elegancia magnífica que
corroboran los que pueden leerle en alemán. Mann es
un escritor de ideas, más que de personajes e historias, y su prosa, que ha
absorbido esta cualidad de contenido, deslumbra más que emociona. Como en todo
estilista, sus frases desprenden virtuosismo y tienen, independientemente de la
naturaleza del escrito, un aire inconfundible de obra de arte.
El tono de su modo de contar tiende a ser expositivo. El
escritor ve mucho y profundiza y necesita páginas y largas frases para matizar
detalles. No es ciertamente un escritor divertido. Sí a veces se vale de la
ironía, pero este recurso tiene una carga de intención y una obligación de
inteligencia que le impide buscar la risa libremente y sin más. Es un modo de
comunicación antes que una amabilidad en busca de emociones inmediatas.
Mann concibe la composición narrativa en prosa como un tejido
de temas espirituales. En todas sus narraciones subyace un mundo especulativo
protagonista que puede dar vueltas a los problemas de la creación artística, o
a la fascinación por la belleza, o a las relaciones entre enfermedad y
espíritu, por señalar algunos temas recurrentes.
La cuestión religiosa está prácticamente ausente en su
obra y esto sorprende en un escritor de su formación y talento. Seguramente
aquí juega un papel la influencia de sus maestros: un pesimismo heredado de Shopenhauer, un amor por la muerte y un deseo de
destrucción de la severidad moral que suenan bastante a Nietzsche,
y una confianza grande en las posibilidades de saber en el hombre donde
adivinamos a Goethe.
En la entrada de sus Diarios correspondiente al 29
de diciembre de 1918 podemos leer: “Leí
partes del diario de vejez de Tolstoi. Hay muchas
cosas que me repugnan. Con otras puedo estar de acuerdo perfectamente. ‘El
principal fin del arte... consiste en decir la verdad sobre el alma y en
revelar y exponer todos aquellos secretos que no pueden expresarse con simples
palabras... El arte es un microscopio con el que enfoca el artista los secretos
de su alma, para revelar luego a los hombres todos los secretos que les son
comunes’. Muy bien”.
Mann postuló
desde sus primeros trabajos la responsabilidad crítica, moral y didáctica de la
literatura y a este propósito se atuvo. El denominado por algunos “príncipe de
los escritores burgueses”, un monstruoso hombre-enciclopedia lleno de ideas y
con un maravilloso uso de la lengua, será seguramente siempre más admirado que
querido, pero debe ser leído porque ha revelado cosas interesantes. Destacaría al menos tres títulos, Los Buddenbrooks,
La Muerte en Venecia y, a pesar de su dificultad, La montaña mágica.
Los que sigan interesados después encontrarán abundantes pistas sobre otros
libros a lo largo de este artículo.
Marzo 2005