Harry
Potter y las reliquias de la muerte
J.
K. Rowling
Traduc. de Gemma
Rovira Ortega. Salamandra, 2008. 640 pp, 22 e.
El
paso a la vida adulta, la elaboración del duelo, el esclarecimiento de la
verdad, la lucha definitiva y la aceptación de la propia mortalidad son las
principales líneas argumentales y, al mismo tiempo, las imágenes que mejor
ilustran Harry Potter y las Reliquias de la Muerte, última y concluyente
entrega de la saga cuyo comienzo pueden leer ya mismo en www.elcultural.es. Han
pasado nueve años desde que la editorial Salamandra publicó Harry Potter y la
piedra filosofal, primera entrega de la heptalogía. Mientras tanto, en el mundo
mágico paralelo descrito por J.K. Rowling, han transcurrido seis años desde que
un infantil e inexperto Harry Potter ingresara al Colegio Hogwarts de Magia y
Hechicería. Ahora, un ya consagrado, temido y calumniado héroe, que además ha
alcanzado la mayoría de edad de un mago, decide en su último año de estudios
hacer pellas para dedicarse a una empresa tan reiterada como urgente: vencer al
líder de los mortífagos y su principal enemigo: Lord Voldemort.
Así
pues, vengar el asesinato tanto de sus padres como de sus sucesivos mentores y,
sobre todo, salvar a los mundos mágico y muggle del ascenso al poder de
"El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado" constituyen una vez más el objetivo perseguido por
Harry, por sus colegas Ron y Hermione, por los miembros de la Órden del
Fénix. Sólo que esta vez promete ser definitivo. Por su parte Voldemort, con
más poder que nunca, empleará todas sus fuerzas para vencer al obstáculo que aún
le impide gozar de la inmortalidad, dominar el mundo mágico e imponer la
limpieza de sangre.
Con
esta entrega, 636 páginas se suman a las 3.029 acumuladas para reiterar una vez
más el fenómeno de ventas y de lectura, el ruido mediático alrededor del
lanzamiento del libro, el barullo de opiniones acerca la fórmula que subyace
tras este hechizo/maleficio y el mutismo con el que buena parte de la crítica y
de los lectores adultos se pronuncian acerca de las cualidades literarias de
estas novelas. Sin embargo, la lectura de la última entrega nos permite también
hacer un balance global y alcanzar una visión de conjunto. En este sentido es
importante advertir, en primer lugar, que con Las Reliquias de la Muerte
no sólo se cierra un ciclo y se atan los cabos que quedaron sueltos en los
volúmenes precedentes sino que, además, buena parte de las aventuras narradas,
nuestro conocimiento acerca de los principales personajes e incluso la imagen
que nos habíamos hecho de ellos experimentan una significativa transformación.
Uno de los méritos narrativos de Rowling es su capacidad de, libro a libro,
revelar información y desarrollar nuevas direcciones que no sólo resultan
impredecibles sino, lo que es mucho más difícil, aportan un nuevo sentido y
dimensión a los anteriores. Esta destreza nos produce la sensación de que nos
hallamos ante una obra viva.
Ahora
bien, la visión orgánica de la saga también nos revela otra virtud de su autora.
A medida que se han sucedido los libros, no sólo Harry Potter ha crecido y el
mundo habitado por él se ha complejizado sino que la propia escritura de J.K.
Rowling ha evolucionado y se ha vuelto más variada y rica. Comparativamente
entre la primera y la última entrega se pueden apreciar el perfeccionamiento
estilístico, el progresivo ahondamiento en la vida psicológica de los
protagonistas o el nivel de desarrollo alcanzado en la construcción de diálogos
y en la precisión de las descripciones.
Investigadores
como José Manuel López Gaseni señalan, tanto como un elemento característico de
la serie como una explicación de su éxito en públicos de muy distinta
experiencia lectora, el hecho de que se trata de un texto ambivalente que recoge
y mantiene simultáneamente y sin obstaculizarse modalidades literarias muy
diferentes entre sí, y que satisface las expectativas de variados tipos de
lectores. De esta forma, habrá lectores que se centran en la identificación, en
el misterio, en la parodia, en las referencias culturales literarias, en la
creación de un universo mágico. Ahora bien, aunque en términos generales Rowling
consigue integrar armónicamente modelos narrativos muy variados, si nos
detenemos a analizar de forma aislada cada una de estas tramas, temáticas y
subgéneros hallamos entre ellos un nivel muy desigual. Así, el grado de
imaginación, innovación y dominio del suspense y la intriga que consigue al
narrar las aventuras choca con la precariedad y mediocridad que encontramos en
las historias de amor y los pasajes románticos.
La
pluralidad de lecturas y aproximaciones y la evolución literaria que ha supuesto
la aparición de cada título han conseguido que muchos lectores hayan crecido con
la saga. Cada novela se ajusta a un esquema argumental y temporal que estructura
y describe el presente de Harry, aporta nuevos conocimientos acerca del pasado y
configura los derroteros hacia los cuales se dirigirá en el futuro. Así, entrega
a entrega, ha ganado en espesura y, sobre todo, se ha vuelto una lectura más
penetrante, pues ha abordado temáticas poco concesivas con un alto nivel de
autoexigencia por parte de la escritora. Ahora bien, esta hondura que
encontramos, por ejemplo, en el tratamiento de la muerte y del duelo no se
corresponde con cambios sustanciales en el empleo del lenguaje y la construcción
narrativa. Un lenguaje accesible y llano, la preponderancia de los diálogos y la
articulación de un tramado de acciones que va in crescendo son los pilares
invariables de la serie. Tal disimetría entre fondo y forma ha sido uno de los
principales argumentos literarios esgrimidos en su contra. Sin querer rebatir
este parecer, es justo señalar, por un lado, que parte del éxito de la saga ha
sido el de optar por un lenguaje cotidiano y, por otro, que de haber ahondado en
el nivel propiamente lingüístico es más que probable que tal logro hubiera ido
en detrimento de la armonía conseguida y de la honestidad de la
escritura.
No
resulta difícil advertir cómo J.K. Rowling ha proyectado en la novela
experiencias que su desbordado éxito y popularidad le han llevado a vivir
(siendo la más evidente su relación con la Prensa sensacionalista). Sin embargo,
también atisbamos en Harry Potter y las Reliquias de la Muerte una lúcida
y sutil reflexión acerca de la finitud, la conciencia de las limitaciones
individuales y la aceptación de uno mismo. Si hay un mérito que destaque en esta
obra es que ella no ofrece más de lo que da, que no es autocomplaciente, que es
madura y que, con sus logros y sus defectos, ante todo es honesta. Esta
característica la distingue de la mayoría de los best-sellers, bien sean estos
infantiles, juveniles o adultos. Este rasgo es suficiente para apreciar la
enorme brecha que hay entre J.K. Rowling y la inmensa mayoría de autores que se
dedican profesionalmente a la literatura juvenil. Es de agradecer por encima de
todo que detrás de Harry Potter, detrás del éxito de ventas, de los fenómenos
varios y de las fortunas que se han hecho a su alrededor, hay una escritora
respetuosa que busca entablar una comunicación sincera con su lector. Ojalá
muchos aprendieran de esta moraleja.
Gustavo PUERTA
LEISSE
ANÁLISIS:
LIBROS - Análisis de un éxito
La
jubilación del niño mago
FERNANDO
SAVATER
23/02/2008
El
largo cuento de Harry Potter, la serie más rentable de la historia de la
literatura, termina con la séptima novela. J. K. Rowling ha logrado que su mago
crezca sin perder lectores ni magia.
Por
mucho que se enfaden los profesores bienintencionados, los críticos
intransigentes, los poetas malditos y Harold Bloom, el público lector cuenta y
no poco a la hora de establecer la eficacia de un texto literario. No es el
único baremo de calidad, porque el público lector (subrayo lo de "lector" para
diferenciarlo del simple "comprador" de libros publicitados, que ni es público
ni nada) comparte el generoso entusiasmo de los amantes por las adulteraciones,
pero sin duda aporta el indicio seguro de alguna cualidad positiva y sobre todo
responde al a menudo olvidado propósito final del arte literario y de todo arte:
suscitar agrado.
De
modo que se equivocan los que abominan de las novelas de Harry Potter por su
gran éxito, atribuyéndolo a una mera operación mercantil. Por el contrario, como
en otros casos, la operación mercantil es consecuencia del éxito, no su causa. Y
hasta diríamos que con tanto merchandising termina por enturbiarse lo mejor del
producto y hasta por devaluarse, a fuerza de promoción abusiva fuera del campo
estricto de la literatura.
Las
primeras novelas de Harry Potter no les gustaron a los editores, ni mucho menos
a los críticos (en el supuesto de que alguno se ocupase de ellas) y dudo de que
nadie las recomendase como lectura en los colegios, pero se ganaron a los niños.
Su nombradía actual, ya abrumadora, proviene en primer lugar de esos lectores
nada fáciles de sobornar, aunque hoy sean muchos otros quienes la rentabilizan.
Después de todo, ¿no es el caso de J. K. Rowling lo más parecido a la historia
de Cenicienta en el campo editorial? Y si al final, contra toda conspiración de
madrastras y hermanastras, la huerfanita a la que daban de lado ha acabado
casándose con el deseado Príncipe... ¿basta ese desenlace triunfal para negarle
con altivez nuestra simpatía a la pobre afortunada?
Cuando
la saga de Harry Potter comenzó a tener seguidores, Rowling anunció que
constaría de siete novelas, ni más ni menos. Y aquí está la última entrega. Todo
parece indicar que la autora está dispuesta a cumplir su promesa, aunque sin
duda no le faltarán jugosas ofertas para que añada nuevos episodios. Un lector
que leyese la primera aventura de Potter a los doce años y haya permanecido fiel
a todas sus peripecias ahora tendrá ya más de veinte. Las novelas han ido
evolucionando también, se han hecho más complejas y maduras, pero el proceso ya
no da mucho más de sí. Al principio el tono era más juguetón, voluntariamente
humorístico hasta la caricatura y se atenía a la fórmula de colegiales traviesos
y emprendedores que acuñó excelentemente Enid Blyton (cuyas Torres de Malory se
dejan ver al trasluz en el colegio Hogwarts). También tomaba prestados algunos
trucos de la novela policiaca clásica (el más sospechoso nunca es el criminal,
etcétera) y por supuesto un fondo mágico general deudor -como ha llegado a ser
casi obligatorio en nuestros días- de la gran epopeya de Tolkien. En alguna
entrevista, Rowling proclama que no logró acabar ni siquiera el segundo tomo de
El señor de los anillos, pero es indudable que lo que alcanzó a leer de la obra
le ha sido extraordinariamente fructífero. Albus Dumbledore es un Gandalf menos
épico que doméstico, Severus Snape guarda parentesco con Saruman, el oscuro
señorío de Valdemort es un malditismo de lo más Sauron, los mortífagos y
dementores descienden por vía directa de los Nazgules y los dragones, gigantes
bondadosos, centauros, arañas gigantes en bosques encantados, elfos, etcétera
parecen tener su cuna (o al menos una segunda residencia de veraneo) en la
Tierra del Medio. Sin embargo, pese a todas estas influencias y otras que sería
ocioso detallar, la narrativa de Rowling tiene personalidad y sobre todo gracia
propias: sus personajes son frescos y convincentes, sus enredos argumentales
prenden la atención y logra a veces escenas de fuerza casi surreal que
recordamos después de haber cerrado el libro. Aún más, ha logrado instrumentar
un crescendo de interés a lo largo de las siete novelas, que -pese a su
extensión también creciente- consigue mantenerse con pocos baches
ocasionales.
Pero
creo que hace bien en echar el cierre al largo y entretenido cuento, antes de
que se vuelva fastidioso. El dramatismo tenebroso de las tres últimas entregas
-cada vez más lejano a Enid Blyton y más reconociblemente tolkeniano- se hace
difícil de prolongar sin desvirtuar por completo la espontaneidad simpática de
los personajes principales. Sería equivalente a convertir a Tintín y Haddock en
protagonistas de un cómic estilo Sin City... Y no es porque esta última entrega
carezca de méritos propios. Aún logra momentos impresionantes, como la
expedición a los sótanos del banco de Gringotts, y el asedio de Hogwarts -pese a
que su tono épico general es algo confuso y light- no deja de estar contado con
eficacia. Más difícil todavía: el drama moralizante que subyace el
enfrentamiento final tiene honestidad y cierta riqueza ambigua. Su defensa del
mestizaje contra los fanáticos de la sangre "limpia", su vinculación
inextricable entre lo peor de la ambición y la energía de la inocencia, incluso
su aceptación definitiva de la mortalidad irreversible (cuando tan fácil parecía
ceder a la tentación "espiritualista") despiertan simpatía entre los lectores
maleados que no renunciamos del todo a una cierta dimensión educativa en la
pureza narrativa.
Al
final de los finales, los magos crecen, salen de la adolescencia y se convierten
en padres y madres de familia, como era de esperar y quizá de temer. Pero seamos
sinceros: ¿cabía esperar otra cosa? La edad de los hechizos concluye en la
paternidad responsable y el último conjuro, el más difícil y necesario de todos,
el irreversible, es el que lanzamos para proteger y bendecir a los hijos que van
a seguir viviendo la aventura eterna en nuestro lugar.